20110408

playback

Va un metacuento.

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A todos mis compas.



Sólo hasta ahora tengo una vaga idea de por qué fui descalificado cuando entré a ese concurso universitario hace cinco años.

En aquella época platicaba con Vladimir y Rodolfo qué haríamos si fuéramos millonarios. Vladimir, con su particular sentido del humor, mencionó:

«Mandaría a construir una aguja ciclópea para pasar a través del ojo, montado en un camello.»

La idea se incubó en mi mente y pocas semanas después terminé un cuento que, al final, fue descalificado. La idea general del relato era una sucesión de cuadros dispuestos de la siguiente manera:

0. Iniciaba con un epígrafe de Cervantes “Las necedades del rico, por sentencias pasan en el mundo”.

1. El personaje se ajustaba la corbata de seda y acomodaba su traje Zegna, se ponía los gemelos dorados y esperaba mientras su asistente personal lustraba sus zapatos, aunque en aquella situación le resultara inútil y fatuo. Había pasado ya el tiempo en que sentía nervios o vergüenza por lo que estaba a punto de hacer, pero no podía arrepentirse porque hacerlo equivaldría a negar su fe o algo por el estilo.

2. La arena le calentaba los pies; para esto, toda la prensa internacional lo rodeaba en aquel acto ecuménico que congregaba rabinos, pastores y sacerdotes de todas las religiones, sectas y órdenes que habían sido invitadas previamente por su departamento de relaciones públicas. En la escena, no sé por qué pero me pareció una buena idea, también se describía a los curiosos habitantes del desierto, que asistían quizá porque no tenían nada mejor que hacer.

3. El sol le quemaba la piel, insistía mucho en eso, y mientras, él meditaba en la fortuna reunida a lo largo de su vida, que luego de su muerte pasaría a manos de las diversas organizaciones filantrópicas de su emporio. A continuación mencionaba que, nunca más los perros, los árboles, los niños con cáncer, o ultrajados o golpeados tendrían hambre, sed o condiciones de vida infrahumana; y todo sería gracias a él: triunfador, bien parecido, joven, tantas mujeres y posesiones, tanto poder. Mencionaba que pocos como él podían jactarse de haber impuesto sus condiciones a los gobiernos, pocos que hubieran levantado o lapidado naciones enteras. Y a continuación su reflexión previa: Hasta eso le resultaba lejano, vacuo…

4. Entonces venía la parte climática. El personaje respiraba profundamente, montaba a la bestia (aún no revelaba que era un camello, eso vendría unos renglones abajo) y echaba a andar.

5. Luego un pasaje donde sonreía con esa mueca fingida que caracteriza a los millonarios, con esa mirada que denota un profundo convencimiento en las convicciones, mientras el resplandor de las cámaras lo inmortalizaba.

6. Inmediatamente después el camello (ahora sí camello, con todas sus letras) cruzaba el ojo de hierro, hasta el otro lado de la monumental aguja y el millonario cerraba sus ojos con calma.

7. El relato concluía con una pregunta que, quizá, se haría el personaje: ¿Finalmente los ricos entrarían al Reino de los Cielos? Originalmente ésta era una afirmación; pero Alfonso, al consultar el pasaje de la Biblia citado (Mateo 19:24), mencionó que había en ese final afirmativo una inconsistencia sintáctica, que era “más fácil” y no que “después de hacerlo sería un hecho” por lo cual preferí resolverlo con una interrogación porque me comía el cierre de la convocatoria.

Así envié el cuento al concurso. Cuando me descalificaron supuse que tuvo que ver con el hecho de que la Universidad La Salle no premiaría ese argumento a todas luces herético, contrario a los valores que profesan, “pateador del pesebre”, como dice Arturo.

Yo no investigué más al respecto. Imaginé que los jurados fueron como los de esos reality shows, como American Idol o Iron Chef. Así de aterrador. Y no le di más importancia.



Hace unos días Alfonso me pidió permiso para, con base en el argumento, realizar un guión cinematográfico para su materia de Lenguajes Audiovisuales, que poco tendría que ver con mi texto pero partiría de la misma premisa: la aguja, el camello. Poco después nos vimos y me dijo dos cosas.

La primera: que su maestra había quedado complacidísima con el guión, que había sacado diez y que hasta le gustaba más para adaptarlo a teatro.

La segunda: que al comentar su éxito académico con Diego; éste le dijo, muy tranquilo:

«Va ¿lo adaptaste del cuento de Fuentes?»

«No, es de un cuento de Rafael.»

Por lo cual, Alfonso me sugirió que no lo volviera a mandar a otros certámenes.

Después de una exhaustiva e infructuosa búsqueda de dicho antecedente por internet, con inútiles referencias cruzadas de por medio, y como no tengo dinero ni paciencia para comprar y leer las obras completas del autor, decidí contactarme con un blogger, René, de la Ciudad de México, un editor que considera como pocos que el autor de La región más transparente es el mejor escritor mexicano del siglo xx, para que me dijera, al menos, el nombre del cuento o el volumen en el que se encuentra.



De pronto pareciera que la reescritura, la apropiación, las versiones, los pastiches, el interdiscurso tan de moda en la primera década del siglo xxi (con los cuales los autores que auguran el fin del postmodernismo resultan los más postmodernos), es una norma a la que no todos tenemos derecho. También pareciera que el plagio sólo es válido cuando se ejerce con conocimiento. Y visto de ese modo da la impresión de que algunos no pasarán de ser simples embusteros, mientras otros, tranquilamente, serán recordados por haber “conversado con la tradición” impunemente.

Me sigo preguntando hasta qué punto un plagio lo es cuando ocurre involuntariamente (después de todo, de Fuentes he leído poco, apenas Aura, Los días enmascarados, la mitad de Artemio Cruz; y Gringo viejo, más por interés en la biografía de Ambroce Bierce que por la novela en sí y, claro, muchos de sus ensayos sobre pedagogía), sobre todo en este último año en el que he tenido la mala estrella de plagiar tanto a los grandes escritores, como a algunos amigos (un par de versos de Alfonso, por ejemplo; una línea de un cuento de Diego); hechos que me han dado ya cierta reputación que hace que algunos, como Julio, exclamen:

«Al ciudadano Cuervo no le platiquen nada, porque se roba las ideas.»

Y luego vino esa conversación con Diego:

«Mira, ese concepto yo ya lo había visto, pero como fue hace varios años no recuerdo bien cómo era; y luego estuve investigando, estaba seguro, hasta que encontré Los días enmascarados. Y no está el que yo aseguraba haber leído.»

«Señor, esto se intrinca entre más amnesia y menos documentación.»

«Así es. Además el cuento tiene algo parecido al argumento de la película de La Mosca, la original, la de Vincent Price, no la de David Cronenberg, porque disgrega al camello, átomo por átomo, a través de la aguja y lo recompone del otro lado. Si lo analizas desde las constantes que Calabrese hace acerca del neobarroco, es más original eso que tu aguja gigante; por lo tanto, es todavía más plagio el de usted. Plagio sobre plagio.»

No puedo dejar de sentirme mal y quizá, muy en el fondo, mi esperanza es que Diego se equivoque.

Pero cómo saberlo.

Sólo queda esta incertidumbre.

Mientras espero la respuesta de René, que quizá no llegue, me aferro a que el recuerdo de Diego sea un malentendido.

Pero también, por otra parte, me pregunto si el mismo Vladimir, en su autodesdeñada infancia, no habría leído ya el cuento (de quien fuera), y su evocación imprecisa tuviera algún eco cuando lanzó esa humorada que yo desarrollé como de mi autoría.



Hoy por la mañana impartí a mis alumnos uno de los últimos temas de Español 3, del plan de estudios para secundaria. Analizábamos el Bestiario y Prosodia.

Casi al final de la clase, uno de ellos, Alain, cuestionó que Arreola tuviera dos cuentos llamados El rinoceronte.

Yo le dije que no.

Pero él, tranquilamente, me respondió:

«Profe, en los Libros del rincón están las obras completas; debería leer Confabulario




disfruta el sueño...

2 críticas:

  1. 1. El ciudadano J. en realidad diría: "Al ciudadano Cuervo no le platiquen nada porque se roba las ideas y no paga regalías". (Ande, plágieselo; luego le cobro.)
    2. "En verdad os digo" es, en efecto, de Arreola.
    3. Jorge IbargPuengoitia decía: "Para mí, plagio es sacar el manuscrito de la gaveta de un señor y publicarlo como propio".

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  2. * 3. Jorge Ibargüengoitia, etcétera.

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